El 53 % de los jóvenes, atrapados en el ‘scroll’
- El Tiempo
- hace 1 día
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La adicción no es solo un problema de diseño tecnológico; es también la ausencia de propósito en el uso.
El reciente fallo en Estados Unidos contra Meta y YouTube marca un punto de inflexión: por primera vez, la justicia reconoce algo que millones de usuarios ya intuían. Las plataformas digitales no solo intermedian información; están diseñadas para capturar la atención y generar comportamientos adictivos comparables a los del tabaco.
Pero reducir el problema a las plataformas sería un error. La discusión de fondo no es únicamente tecnológica ni regulatoria. Es, sobre todo, humana.
Aquí es donde el estudio de Apropiación Digital pone sobre la mesa una evidencia clave: el impacto de la tecnología no está determinado por su disponibilidad, sino por el uso que las personas hacen de ella. Es decir, por sus propósitos.
Los datos son contundentes. Entre los jóvenes de 12 a 17 años, el 53 % concentra su relación con la tecnología en entretenimiento y comunicación: redes sociales, video, interacción inmediata. Un 14 % sigue siendo no usuario. Solo un 31 % incorpora propósitos asociados a educación y participación, y apenas un 2 % ha alcanzado ciudadanía digital.
Esta ciudadanía digital marca un punto de quiebre: cuando la tecnología deja de ser consumo y se convierte en capacidad. Es el momento en que una persona puede decir: “En internet lo puedo hacer todo porque lo que no sé lo puedo aprender”. Es el paso de usuario a agente.
En el total de la población, el panorama mejora, pero no lo suficiente: 13 % no usuarios, 37 % en comunicación y entretenimiento, 32 % en educación y participación, y 18 % en ciudadanía digital.
¿Por qué nos quedamos atrapados en los usos más básicos? Parte de la respuesta está en los dispositivos. Cerca del 90 % de las personas accede a Internet a través del smartphone, mientras el smart-TV ya se aproxima al 50 % de los hogares. Ambos están optimizados para el consumo de contenido. En contraste, el computador portátil apenas supera el 30 % desde hace años, y el de escritorio sigue cayendo. Los dispositivos que habilitan creación y producción han perdido terreno frente a los que incentivan el consumo.
No es un detalle menor. Es una restricción estructural.
Porque si el entorno favorece el entretenimiento, construir usos productivos recae casi exclusivamente en el individuo. Y ahí aparece el verdadero desafío.
El propósito convierte la tecnología en herramienta. Ordena el tiempo, define la intención y permite resistir la captura permanente de la atención. Sin propósito, la tecnología nos usa.
La adicción no es solo un problema de diseño tecnológico; es también la ausencia de propósito en el uso.
El scroll infinito no es un accidente: es una arquitectura diseñada para que no salgamos. En ese terreno —las redes sociales— todos patinamos. La diferencia no está en quién entra, sino en quién logra salir con algo valioso. Y ese “algo” tiene nombre: propósito.
El propósito convierte la tecnología en herramienta. Ordena el tiempo, define la intención y permite resistir la captura permanente de la atención. Sin propósito, la tecnología nos usa. Con propósito, nosotros la usamos.
Sería fácil —y cómodo— atribuir toda la responsabilidad a las plataformas.
Pero sería también un error.
Aquí hay una responsabilidad compartida. La política pública debe proteger y regular. El sistema educativo debe formar capacidades e intereses. El hogar define hábitos y límites. Y la sociedad, en su conjunto, valida los usos de la tecnología.
No se trata de satanizar la tecnología. Tampoco de absolverla.
Se trata de entender que estamos frente a un sistema donde se encuentran plataformas y personas, algoritmos e intenciones. Y es en ese encuentro donde se define si la tecnología genera valor o dependencia.
El verdadero reto no es desconectarnos, sino aprender a conectarnos mejor. Y eso —inevitablemente— es una tarea de todos.
Carlos Esteban Lemoine
Líder de los estudios de Apropiación y transformación digital





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